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miércoles, 2 de enero de 2013

El eclipse de la labor del padre


Todos están bien es un remake americano, de la obra original de Giuseppe Tornatore, dirigido en 2009 por Kirk Jones. La trama de la cinta, aún no dando mucho de sí, creo que aporta elementos interesantes para analizar la labor de un padre en ese tema complejo que es la educación de los hijos.

El protagonista es Frank Goode, magistralmente interpretado por Robert de Niro. El perfil del personaje es fácilmente comprensible desde los inicios la película. Viudo, jubilado, los hijos ya crecidos y diseminados por el país, solo y con ciertos remordimientos de conciencia. Presiente que no ha sido un buen padre aunque se haya pasado toda su vida trabajando como una bestia para sacarlos adelante.  

Toda esta amalgama de situaciones y sentimientos se hacen plenamente conscientes, en su inteligencia y en su corazón, cuando quiere organizar una barbacoa en su casa con sus hijos y todos excusan, finalmente, su asistencia por cuestiones de agenda. Frank decide, entonces, hacer las maletas e ir a visitar a cada uno de sus cuatros hijos por la geografía norteamericana.

Hasta que enviuda, el nexo de unión y el sustento de la armonía familiar fue su mujer, la madre de sus hijos. Ésta hablaba con ellos y sabía de sus vidas. Él, sólo se limitaba a preguntar qué tal todo. La respuesta de la madre era siempre la misma: todos están bien. La madre, conocedora de su marido, agrandaba las noticias positivas de sus hijos y omitía las negativas.

Frank, quizás no ha sido un buen padre, pero sabe querer lo suficiente para descubrir, en su periplo, que sus hijos, en verdad, no son como él imaginaba; ni en sus vidas ni en sus situaciones vitales. En definitiva, no los conoce y, por tanto, sus hijos no cuentan con él. Y hasta aquí, la trama de la película, en lo que se pueda contar, para no destriparla.


Más allá del gusto del cine americano por criticarse a sí mismo en la indiosincracia de su sociedad, creo que la figura de Frank Goode refleja, con exactitud, la situación de muchos padres actuales. Han ejercido su rol como padres ante unos hijos que no han entendido ere rol de ninguna manera.

Ya no vale, quizás no ha valido nunca, asemejar paternidad con el sustento económico de una familia. Y no creo que el motivo de esto sea el desfase generacional que hay entre padres de un siglo pasado e hijos de una nueva época histórica. El cariño traspasa esas dificultades y cualquier otra.

El asunto es más complejo y, por tanto, más simple. Hay que buscar el equilibrio. Ni padres sustentadores económicos –anacronismo ya superado- ni padres dulzones que crían a hijos con una voluntad raquítica.

La clave, en la película. Es esencial que un padre cree el ambiente propicio para que los hijos puedan contar que las cosas no van bien cuando éstas, realmente, no vaya bien. Ese ha sido el gran error de Frank y no otro. No haber creado ese clima.

Su muletilla educativa era la siguiente: quiero estar orgullosos de vosotros cuando seáis mayores. Si dices eso a los hijos, si las cosas no les van bien, no te lo van a contar. Y no por falta de confianza sino por miedo a que les quieras menos y los puedas considerar como fracasados.

Los padres, no tiene que estar orgullosos de sus hijos. Es al revés. Son los hijos los que tienen que estar orgullosos de sus padres. Esa es la clave del éxito. Lo demás, es eclipsar la figura paterna con modernidades que no conducen a nada.

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