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domingo, 15 de abril de 2012

Cyrano de Bergerac: El cine como lenguaje

La versión del director Jean-Paul Rappeneau supone una magnífica adaptación cinematográfica de la obra poética que Edmond Rostand escribió en 1897. Y una mejora clara de anteriores versiones cinematográficas sobre este personaje que resultaban excesivamente lentas y estáticas.

El paso de una obra de teatro a la gran pantalla requiere una habilidad cinematográfica que Jean-Paul Rappeneau sabe conseguir mediante los siguientes recursos:

-una fidelidad al guión original, con la valentía de incluir, en sus diálogos, versos alejandrinos;
-una fastuosa reconstrucción histórica mediante una cuidadosa selección de lugares y un magistral trabajo de vestuario de la época
-y una reducción de tiempo en la cinta con respecto a su formato en teatro, reducción que no hace que la película pierda contenido ni rigor.

Todo ello da a Cyrano de Bergerac un ritmo adecuado para una película en contraposición a la cadencia propia de la dramaturgia. Se tiene el acierto de suprimir ciertas escenas y algunos personajes que no gravitan sobre el nudo central del argumento así como la invención de nuevos versos que acompañen, con buen ritmo, situaciones de acción nuevas; por ejemplo, en fina ironía sobre esa nariz descomunal de Cyrano y sin que esto se convierta en un recurso fácil de chiste pobre.

En Cyrano de Bergerac se consigue un adecuado equilibrio entre el drama y la comedia evitando la tentación de ofrecer un producto sentimentalista que, además, no cazaría con la figura preeminente de un Cyrano interpretado con una fuerza escénica única en la figura de Gerard Depardieu.

Es este un punto importante  a señalar: el gran trabajo interpretativo de este actor francés. El director es consciente de este valor básico en su película y sabe poner todo su trabajo de dirección al servicio de su protagonista principal. Depardieu está inmenso y magistral.


Ficha Técnica

Director: Jean-Paul Rappeneau. Intérpretes :Gerard Depardieu (Cyrano de Bergerac), Anne Brochet (Roxane),Vincent Perez (Christian de Neuvillete), Jacques Weber (Conde de Guiche), Roland Bertin (Raqueneau), Philippe Morier-Genoud (Le Bret) País : Francia. Año: 1990. Género: Drama. Guión: Una adaptación de Jean-Paul Rappeneau y Jean-Claude Carriere de la obra de Edmond Rostand. Fotografía: Pierre Lhomme. Música: Jean-Claude Petit. Montaje: Noelle Boisson. Sonido: Pierre Gamet, Dominique Hennequin Producción: Rene Cleitman y Michael Seydoux. Duración: 137 minutos.

El aceite de la vida: El cine como lenguaje

En las películas de este género –drama médico- suele ser habitual que gran parte del guión se dedique a una explicación detallada de la enfermedad; esto conlleva el riesgo de deslizar la película hacia un desarrollo narrativo lento y, en ocasiones, aburrido para el espectador.

Esta posibilidad teórica es resuelta, de manera magistral por George Miller, director y coguionista de El aceite de la vida. Para ello utiliza herramientas cinematográficas basadas en una puesta en escena propia de películas de acción, un manejo de la cámara dinámico y una fotografía de gran calidad visual. Todo ello debidamente acompañado por una selección musical que recrea la atmósfera apropiada para cada situación narrada.

Sin embargo, el gran éxito de la película se basa en la gran labor interpretativa de sus principales protagonistas: Nick Nolte (Auguste Odone), Susan Sarandon (Michaela Odone). Un drama de estas características, en el que sentimientos, luchas y derrotas se muestran con toda su crudeza, necesita de sólidos actores que no precipiten a la película por derroteros de un sentimentalismo vulgar o poco creíble.

La propia historia en sí es ya garantía de éxito cinematográfico; y no porque sea una historia real sino porque consigue involucrar al espectador, desde sus primeros minutos, en esa lucha titánica de amor de  los padres para salvar a su hijo. Los protagonistas son gente sencilla, como cada uno de nosotros, y se muestran capaces de luchar, con voluntad tenaz, para vencer un grave problema que sobrepasa todas sus capacidades. No son héroes sino personas corrientes que se enfrentan a la vida con decisión y coraje.

Finalmente, y fiel a la propia historia, el director muestra una crítica reflexión sobre la deshumanización de la ciencia y sus procesos metodológicos. Ante el drama narrado, el espectador no puede evitar plantearse los mismos interrogantes que se formularon los propios padres de Lorenzo: la ciencia al servicio de la humanidad, y no al contrario; la dignidad de toda vida por encima de cualquier circunstancia de salud física.

Ficha Técnica

Director: George Miller. Intérpretes: Nick Nolte (Auguste Odone), Susan Sarandon (Michaela Odone), Peter Ustinov (Profesor Nikolais), Kathleen Wilhoite (Deirdre Murphy), Gerry Bamman (Dr. Judalon), E. G. Daily (Lorenzo Odone), Maduka Steady (Omoury), James Rebhorn (Ellard Muscatine), Ann Hearn (Loretta Muscatine). País: USA. Año: 1993. Producción: Dough Mitchell y George Miller, para Universal Pictures. Guión: George Miller y Nick Enright. Música: Bellini, Verdi, Mahler. Fotografía: John Seale. Dirección Artística: Kristi Zea. Duración: 125 minutos. Género: Drama médico. Premios principales: Nominación al Oscar 1992 al mejor guión original y a la mejor actriz principal (Susan Sarandon)

jueves, 12 de abril de 2012

Billy Elliot: El cine como lenguaje

Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo y es como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara.

El director Stephen Daldry se basa, para el desarrollo de la película, en un guión del dramaturgo Lee Hall. Este último elige elementos reales de su infancia para desarrollar la trama y el guión de la historia.

La película ofrece un alarde de conjunción entre dos historias que discurren paralelas: la lucha de Billy para que su sueño se haga realidad y la situación social de una clase obrera en decadencia. Dos historias que se funden finalmente en una única trama: la lucha de toda la familia para que Billy pueda tener la oportunidad de ingresar en el Royal Ballet londinense aunque eso suponga un sacrificio económico y gastar un dinero que no se tiene. Se consigue este efecto de dos historias que se entrecruzan usando como recurso cinematográfico la música y la fotografía.

La música de la película se utiliza como herramienta para sumergirnos en el sueño de Billy: ser bailarín. El progreso del chico, sus miedos y deseos se acompasan a ritmo de una adecuada banda sonora. Viendo a Billy bailar el espectador logra olvidarse de la dura situación económica y social que rodea la vida del niño. Igual le ocurre a Billy; cuando baila, se olvida de todo.

La fotografía nos sumerge en la historia dramática de la situación de los pueblos mineros ingleses de la década de los ochenta. El director consigue este efecto mediante la presencia casi continua de la policía inglesa en numerosas escenas de la película. Nos recuerda así el drama que nos está contando.

Los distintos personajes están bien delimitados. Nos parecen humanos y, por tanto, creíbles. Nos muestran sus grandezas y miserias. Ninguno es un héroe pero tampoco un malvado. Este es otro acierto del director que consigue que el espectador se involucre en la trama y la haga propia. Los protagonistas evolucionan, cambian de puntos de vista y de decisiones. No son estáticos sino dinámicos. Como ocurre en la vida real de cualquiera de nosotros.

Billy Elliot es una de esas películas que remueven los sentimientos y que consiguen que uno se sienta con ganas de hacer cosas grandes y positivas.

 

Ficha Técnica


Director: Stephen Daldry. Intérpretes: Julie Walters (Mrs. Wilkinson), Jamie Bell (Billy Elliot), Jamie Draven (Tony Elliot), Gary Lewis (Jackie Elliot), Jean Heywood (abuela) País: Reino Unido. Año: 2000. Producción: Greg Brenman y Jonathan Finn para Arts Council, BBC y Working Title. Guión: Lee may. Música: Stephen Warbeck. Fotografía: Brian Tufano. Duración: 110 minutos. Género: Drama social. Premios: Candidatura a los Oscar 2001 al mejor director, actriz secundaria (Julie Walters) y guión original. Premio Pilar Miró al Mejor Nuevo Director y el Premio del Público en el Festival de Valladolid 2000. Premio del público en los Festivales de Dinard, Edimburgo y Flanders. Candidaturas a los Globos de Oro 2000 a la mejor película dramática y a la mejor actriz de reparto (Julie Walters) Autorizada para todos los públicos.

jueves, 5 de abril de 2012

Náufrago: El cine como lenguaje

Robert Zemeckis es un consagrado director de cine. Películas como Forrest Gump, protagonizada también por Tom Hanks, dan muestra de su valía y talento cinematográfico. Con Náufrago, como veremos arriesgada apuesta, confirma su buen momento creativo después de la desafortunada Lo que la verdad esconde, ridículo intento de película de suspense.

Que la apuesta es arriesgada es fácil de comprender. Casi dos horas y media de película con, prácticamente un solo personaje, puede asustar a cualquier espectador. Pensar en la situación, induce a concluir que uno se aburrirá viendo la película.

En Náufrago, el cine se muestra realmente como lenguaje y Zemeckis lo consigue. Porque, de entrada, la película no aburre. El espectador se involucra en la desgracia del protagonista; con ese Chuck que lucha contra el frío, el hambre, inciertos peligros y la absoluta soledad en la que se ve envuelto.

Borda en todas esas situaciones, y en muchas más que surgen, los diversos planos y encuadre con la cámara. El accidente de avión lo vivimos, literalmente, con el protagonista. Chuck en su soledad, recurre a una pelota como compañero de fatigas. Pero, más bien, la pelota ha sido puesta con toda la intención por el director. No hay personajes, no hay diálogos posibles. La pelota es un recurso cinematográfico de gran altura. Los recuerdos que se vuelven de continuo hacia Nelly, una caja que no es abierta; en esa isla no pasa nada pero pasa de todo.

Hanks está soberbio en su trabajo. Tiene su mérito porque el espectador no se cansa de tanto protagonista único y por todas partes. Parte del éxito es que interpreta con humildad; no se supravalora así mismo en un papel de lucimiento que desearía cualquier actor. Su precio físico le costó. Tuvo que adelgazar veinte quilos para dar vida al personaje.

Como curiosidad, aportar que la película se rodó siguiendo el orden cronológico de la historia. En cuanto a la historia, esto no aporta nada; pero, en cuanto a la dirección, dice mucho de la seguridad del director en el producto que está creando. Zemeckis sabe emocionar y entretener con historias con personajes bien definidos que nos envuelven en sus grandezas y miserias. A veces, se olvida que este es el secreto del buen cine.

La música no se concibe como elemento potenciador de la película. Surge de manera ocasional. El silencio, los ruidos, son la verdadera banda sonora de la película lo que consigue dar más veracidad a la historia.


Ficha Técnica

Director: Robert Zemeckis. Intérpretes: Tom Hanks (Chuck Noland), Helen Hunt (Kelly Frears), Nick Searcy (Stan), Christopher Noth (Jerry Lovett), Lari White (Bettina Peterson), Geoffrey Blake (Maynard Graham), Jennifer Lewis (Becca Twig), David Allen Brooks (Dick Peterson). País: Estados Unidos. Año: 2000. Producción: Tom Hanks, Jack Rapke, Steve Starkey y Robert Zemeckis, para DreamWorks y Fox. Guión: William Broyles. Música: Alan Silvestri. Fotografía: Don Burgess. Dirección artística: Rick Carter. Montaje: Arthur Schmidt. Duración: 143 minutos. Género: Drama. Premios principales: Nominación a los Oscar 2000 a Mejor Actor (Tom Hanks) y a Mejor Sonido. Globo de Oro 2001 a Mejor Actor (Tom Hanks).

Corre, Lola, Corre: El cine como lenguaje

El simple aleteo de una mariposa, en Pekín, puede alterar los sistemas climáticos de Nueva York, dentro de un mes

Desde la presentación inicial de los títulos de crédito, el espectador sabe que se sumerge en una película distinta. Unos créditos que, por su originalidad y aparición brusca, dan a entender que la historia, que se va a presenciar, será trepidante y sugestiva.

Los diversos formatos de la película poseen una originalidad casi única, en la historia del cine, hasta la fecha de su estreno. Tom Tykwer combina el formato clásico del cine para las escenas en las que intervienen los dos protagonistas; el formato propio del video para las escenas en las que intervienen los personajes secundarios; y la animación, en estado puro, en algunas de las interminables carreras, contra el tiempo, de Lola.

Es meritorio el hecho de contar tres historias en una, con esa mezcla de formatos, y que el resultado resulte comprensible y bien articulado. Cada pequeña historia que se cuenta, enriquece el contenido que de los distintos personajes posee el espectador. Se hace creíble que tantos acontecimientos puedan ocurrir en tan sólo veinte minutos. La misma historia se relata en tres ocasiones pero con resultados distintos en función de acontecimientos intrascendentes que ocurren. Sin embargo, la historia es una única historia. Esa chica que corre presta en ayuda de su novio.

La banda sonora, ideada por el propio director, se pone al servicio del ritmo que marcan los acontecimientos. Una música tecno, posmoderna como toda la película, que inunda situaciones e interioridades de la protagonista. La presencia de distintos relojes que remarcan ese juego con el tiempo que propone el director y el libre manejo de la cámara hacen que estemos ante una producción de indudable fuerza visual.

Este es otro mérito de Tom Tykwer, no sólo director sino también guionista de esta su opera prima. Se puede pensar que más que ante una película, que desarrolla una trama, estemos ante unos recursos visuales que se utilizan como pretexto para contar una historia. No ocurre esto con Corre, Lola, corre.

Fuerza visual y contenido narrativo componen un todo en una magnífica película que no deja indiferente a nadie. Un mérito más podemos sumar a esta larga lista de aciertos. De fondo, aletea el sugerente tema científico-filosófico de la teoría del caos. Sin embargo, el director no se recrea de manera pesada en este asunto. La película no es un panfleto metafísico. Se deja al espectador libre para que su juicio crítico examine la posibilidad real de tal teoría.


Ficha Técnica

Director: Tom Tykwer. Intérpretes: Franka Potente (Lola), Moritz Bleibtreu (Manni), Herbert Knaup (Padre de Lola), Joachim Król (Norbert von Au, el vagabundo. País: Alemania. Año: 1998. Producción: María Köpf, para X-Filme Creative Pool de Miramax International. Música: Tom Tykwer, Johnny Klimek y Reinhold Heil. Fotografía: Frank Griebe. Dirección artística: Alexander Manase. Montaje: Mathilde Bonnefoy. Secuencias de animación: Gil Alkabetz, de Studio Film Bilder. Duración: 81 minutos. Género: Drama romántico y de acción.

miércoles, 4 de abril de 2012

Google versus Facebook ¿Quién ganará?

Pasarse la vida en los aeropuertos, estaciones de autobuses o estaciones de trenes puede llegar a ser un estilo de vida. Y los ritos que acompañan esas esperas, signo de querer dar un contenido a ese estilo.

Uno de ellos es visitar las tiendas de libros. Es una experiencia antropológica curiosear las distintas estanterías y esquivar, al mismo tiempo, las maletas de otros viajeros que buscan lo mismo. Pasar los minutos que te separan de tu próxima salida. Tiendas estrechas, tiempo ancho.

Hace unos días, en esa situación significativa –creo que Vygotski sería feliz leyendo este Post-, me topé con un libro que llamó mi atención. Desnudando a Google de Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña. Me gustó el título y la portada. Todo entra primero por la vista y, cuando haces tiempo, aún más. Lo he devorado en apenas dos días.


Como indica su autor en el último capítulo del libro, conceptualizas a Google como un buscador efectivo. Pasas las páginas y formalizas una realidad bien distinta: Google es, en realidad, una de las empresas más grandes, más ambiciosas y con más poder del mundo (Cfr. Desnudando a Google, Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña, Deusto, Barcelona, 2012)

No es mi intención desarrollar las claves de esa afirmación. Para eso está el libro. Recomiendo su lectura. La documentación del autor es minuciosa y su honradez y valentía intelectual merecen elogio. Creo que sobre la Red, y tu opinión sobre ella, hay un antes y después tras esta lectura.

En lo posible, me detendré en una reflexión que se apunta en el apartado dedicado a otro poderoso de la Red: Facebook. Intentaré ser didáctico.

El poder de Google estriba en su capacidad de indexar y ordenar páginas webs. Simplificando la cuestión, como todos usamos Google como buscador, la información que posee la entidad sobre cualquiera es inmensa. Supongamos que puedo saber qué lugares visitan mis compañeros de trabajo. Tengo una bola mágica que me muestra sus movimientos. Evidentemente, esta información sobre mis compañeros es de un valor incalculable. Para bien o para mal.

Sigamos con el ejemplo. Supongamos ahora que esa bola mágica es aún más poderosa. No sólo me dice que lugares se visitan sino que, además, me indica si esos lugares han gustado o no. Claramente, la información se torna aún más poderosa. Esto es lo que hace, en definitiva, el botón Me gusta de Facebook.

Tarde o temprano este poderoso botoncito de Facebook le convertirá en el rey de redes. Y, además, por un motivo añadido. El todopoderoso Google no puede indexar esa información. Google sabrá que visito pero nunca sabrá que opino sobre lo que visito (Google + no es más que un truco para paliar esa carencia)

Es evidente que si toda esa información que se genera se torna en publicidad efectiva deja claro de qué va este invento.

Como acertadamente indica Sánchez-Ocaña, estaríamos ante un cambio de paradigma. Del internet de las páginas, pasaríamos al internet de las personas. Me quedaré con la parte positiva de esta realidad.

¿Hacia dónde va Internet? Hacia donde ha ido siempre el ser humano. A interactuar con un semejante para comunicarse con él. Somos sociales por naturaleza aunque usemos filtros culturales tecnológicos para serlo.

Terminaré este Post con una anécdota. Puse un Twitter al autor de libro para agradecerle su trabajo. Cosa impensable hace nada que pudieras comunicarte con un autor de manera tan sencilla. Tuvo la amabilidad de contestarme. ¿Será, al final, el vencedor Twitter?

El ajedrez y el desarrollo intelectual de los niños (II)

La visión que se ofrece de Bobby Fischer en la película de Steven Zaillian es sesgada. Ciertamente, nuestro campeón del mundo del ajedrez tuvo todas las papeletas para ser un personaje difícil. Superdotado intelectualmente, fracaso escolar, familia desestructurada, infancia oscura y su pasión por el ajedrez constituyen una mezcla explosiva difícil de gestionar.

No obstante, la figura de Fischer se utiliza en la película para potenciar la imagen de Joshua Waitzkin. Niño prodigio como Bobby y, en todo lo demás, distinto: familia unida, infancia feliz, niño con virtudes sobresalientes. Un recurso narrativo lícito que debe verse como lo que es para no sacar conclusiones precipitadas sobre los personajes o las bondades o maldades –que las tiene- del ajedrez.

Vista la película se averigua el objetivo final del director: uno se forja su vida en función de las decisiones que toma y no tanto por las cualidades que tenga y las circunstancias que le rodeen. Joshua Waitzkin no es Bobby Fischer porque, en definitiva, no convirtió el ajedrez en un fin en sí mismo.

Y, de paso, ofrecernos la visión más sórdida posible del ajedrez. Un deporte que supone un plus intelectual en aquellos que los practican con profesionalidad y, al mismo tiempo, la posibilidad de malograr sus vidas. Hacer del ejercicio intelectual una actividad continua puede desequilibrar si se tiene cualidades para ello.


Hasta aquí los comentarios sobre En busca de Bobby Fischer. Es momento de girar los argumentos hacia el tema que nos ocupa: la posible relación entre el ajedrez y el desarrollo intelectual de los niños. Y empezaremos desmontando los mitos sobre esta cuestión. Argumentos recurrentes que se ofrecen y que tienen poca base científica.

El ajedrez es una herramienta que posibilita el desarrollo intelectual. Eso es cierto. Pero sólo lo hace si ese niño posee las cualidades personales e intelectuales que lo hagan posible. De lo contrario, el ajedrez será un medio de entretenimiento más, que no es poco ni desdeñable.

Algo así ocurre en Joshua en el plano personal. Es un niño noble. El ajedrez lo hace más noble aún si cabe. Pero no lo hará noble si no lo es. ¿Determinismo? No. Determinismo sería afirmar que el ajedrez hace milagros.

Pongamos otro ejemplo más comprensible. Tenemos un niño muy inquieto. Tanto, que no se concentra en sus estudios. Lo ponemos a jugar al ajedrez para que gane en concentración. Craso error, No se gana en atención ejercitando la atención pura.

¿Qué hace entonces el ajedrez? Afianzar el proceso cognitivo de la atención en quien tenga ya en potencia esa facultad. Si no se tiene esta facultad –o es escasa- y se quiere potenciar usemos otros medios: existen y son eficaces.

¿Potencia el ajedrez facultades en cualquier niño? Si pero no las que se ofrecen como obvias. ¿Potencia el ajedrez ciertas cualidades en ciertos niños? Si. Es cuestión de conocer el perfil del niño y lo que el ajedrez realmente ofrece. Seguiremos.