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jueves, 30 de agosto de 2012

Walt Kowalski, Oskar Schindler, Michael Corleone y el perdón


El cine ofrece una gran variedad de personajes atormentados, perseguidos por un pasado que necesita ser redimido. Walt Kowalski en Gran Torino, Oskar Schindler en La lista de Schindler, Michael Corleone en El Padrino III.
 
En cierta manera, los tres consiguen liberarse de la carga pesada de sus actos si bien de distinta manera. Walt da su vida por sus vecinos; Oskar salva la vida de cientos de judíos; Michael pierde a su hija como precio a pagar por sus crueldades. 

Algunas escenas de estas películas ofrecen momentos emblemáticos en los que la necesidad de perdón se hace patente para demostrar, en definitiva, que las tres cintas no son más que una excusa para urdir una trama en las que la necesidad que todos tenemos de sentirnos perdonados sea el motivo que mueve al director a coger su cámara para contarnos una historia.

Oskar Schindler conversa con el atormentado Amon Goeth. Oskar no sabe como parar los continuos asesinatos del dirigente nazi. Amon no sólo es un asesino. Es déspota e imprevisible. Su personalidad le lleva a ejercer la brutalidad en función de sus desequilibrios y obsesiones. Cuando una de estas inestabilidades se activa matará, sin piedad, al que tenga más cercano.

Ambos charlan sobre la esencia del poder. Amon afirma que se tiene poder cuando se tiene la capacidad de matar. Oskar le corrige y lleva el terreno de la conversación hacia donde le interesa. Sujetar la peligrosa personalidad de Amon.


-Oskar: Poder es cuando tenemos justificación para matar y no lo hacemos. Es lo que tenían los emperadores. Un hombre roba algo. Le conducen ante el emperador. Se echa al suelo ante él e implora clemencia. El sabe que va a morir. Pero el emperador le perdona la vida. A ese miserable. Y deja que se vaya. Eso es poder, Amon.

Oskar es inteligente y usa esta estrategia para convencer a Amon de que el poderoso perdona y no mata. La lógica es sencilla. Sólo puede perdonar aquel que no gana nada al hacerlo porque, en definitiva, no lo necesita. No perdonar es debilidad.

Sin embargo, detrás del argumento de Oskar se encierra una consideración más profunda. Oskar vislumbra ya que su vida debe dar un giro absoluto. Su conciencia le taladra por dentro. Lleva meses viviendo con la certeza de necesita perdón. La necesidad de perdón ronda su inteligencia. Por eso, le sale de modo natural usar ese argumento ante Amon. Este matiz psicológico se olvida cuando se analiza esta película.

Giremos hacia Michael Corleone. Conversa con el arzobispo Gilday. Éste, por su mala cabeza e ingenuidad, se encuentra ante un desfalco económico de enormes dimensiones. Pide la ayuda de Corleone. Michael se la ofrecerá a cambio de participar, de manera mayoritaria,  en el accionariado de Inmobiliare. La conversación se cierra con una nueva alusión a la importancia del perdón.

-Arzobispo Gilday: Tengo la impresión de que hoy en día el poder para absorber deudas es mayor que el poder del perdón.

-Michael: monseñor, no sobreestime el poder para perdonar.

Michael ha dado un giro esencial. Ya no es suficiente con lavar el nombre de su familia. Sabe que esto sólo será posible cuando su vida quede redimida. Salta como un resorte cuando escucha del arzobispo esa alusión hacia la banalización del perdón en la vida de las personas. Él, el hombre más poderoso del mundo, sabe que el verdadero poder lo tiene aquel se sabe perdonado y no tiene una conciencia llena de agujeros.  


Oskar es infiel a su esposa. Michael ha matado a su propio hermano. Es sintomático que el giro de estos personajes se inicie con aquello que tienen más cercano. Oskar pedirá perdón a su mujer. Michael le dirá a su hija que ardería en el infierno para mantenerla a salvo. Kowalski intentará un acercamiento con sus hijos al saberse enfermo y confesará que no ha sido un buen padre.


Intentado recoger argumentos. Tres grandes películas, quizás, porque tratan un tema que triunfa con la misma facilidad con que es barrido de la vida cotidiana. La filosofía del perdón necesario. Empezando con lo más cercano.

lunes, 20 de agosto de 2012

Tacitas de filosofía


Escucho la radio y no veo la televisión. No suelo hacerlo a horas intempestivas como lo hice ayer. El calor y el estar en una ciudad lejana a España me llevaron a ello. Salir a la calle no era una opción prudente.

En Onda Cero sonaba La rosa de los vientos. Para muchos, La rosa de los vientos, del gran Juan Antonio Cebrián, es un acompañante fiel, en las noches del fin de semana, desde tantos años que es como parte de la familia.  

Se daba paso a una sección. Tacitas de filosofía. Siendo filósofo y no estando acostumbrado a que un programa, de radio o de televisión, se dedique unos minutos a nuestra olvidada disciplina, me dispuse a escuchar con curiosidad.

El tema, el eterno retorno de Nietzsche. Tiene mérito. Asunto complejo donde los haya para ser tratado en unos pocos minutos. Jorge Sánchez, filósofo y responsable de la sección, sintetizo la idea, supo aplicarla a la vida actual y, además, se le entendía perfectamente, Le felicito por ello.

Tampoco se quedó corta, en ingenio, la entrada de Martín Expósito. Comparar la vida con un videojuego en el que, ocurra lo que ocurra, se termina con un Game Over. Final de la partida; entonces, ¿para qué seguir superando pantallas? Buena imagen para adentrarnos en la filosofía de Nietzsche y en los temas filosóficos en general.




Como indicaba Jorge Sánchez, apostar en la vida por el entretenimiento por el entretenimiento, nos hará olvidar que la vida, en definitiva, es lo que se queda en medio para perderse de manera irreversible.

La sección se cierra con un pequeño broche de oro. Iniciativas actuales en las que la filosofía, los filósofos, demuestra que tienen mucha tarea que hacer. La labor de Eduardo Vergara llevando la filosofía a las cárceles andaluzas merece que me informe sobre la cuestión.  Ese cierre de la sección fue de agradecer.

El calor, en ocasiones, no deja dormir. Claramente, en el fuego de lo que fue, arde lo que será. No duermes pero descubres una sección que ojalá continúe durante el invierno, etapa del año en la que es más fácil dormir pero no por ello se deja de pensar.

Una taza de filosofía semanal al año creo que es saludable. Más allá de las posibles respuestas, la propuesta de Jorge Sánchez respira sentido común.


domingo, 19 de agosto de 2012

En mi país desconocido. Hans Fallada


Thomas Mann criticó con dureza –e igual vehemencia- a los intelectuales alemanes que decidieron quedarse en la Alemania nazi. Denominar a esa realidad con el nombre de exilio interior fue para Thomas Mann una manera –por simplificar los argumentos- de justificar lo injustificable con una catalogación pseudoética.

El gran escritor alemán se equivoca pues las actitudes personales no pueden enjuiciarse recurriendo a una etiqueta que nivele a todas las personas sin tener en cuenta la intencionalidad –los fines- de sus acciones. 

Hans Fallada optó por el exilio interior. Desde el punto de vista creativo, tal decisión nos ha brindado –ahora que Fallada se ha puesto, de nuevo, de moda- una visión diferente del derrumbe moral, político y sociológico que supuso el nazismo para Alemania y los alemanes.

En mi país desconocido, creo que es un recorrido espeluznante sobre el deterioro ético de las relaciones humanas –entre las personas desconocidas que tenían que vivir sus vidas- en esta época nefasta de la historia.

 

En un régimen de terror, el soplón surge como mecanismo represivo y de pánico. Nadie se fía de nadie, La atmósfera  es, así, irrespirable. Los incautos como Fallada –nunca se planteó en su sana ingenuidad si tenía amigos judíos; no clasificaba a las personas- sufrió de manera indecible los zarpazos de los que querían, a toda costa, medrar en el régimen.

En un régimen dictatorial, la creación artística es peligrosa y debe ser censurada. Fallada libra una batalla interesante –nuevamente, ingenua- sobre esa realidad.

Sin duda –apuntémoslo por que la memoria no debe olvidar realidades- el holocausto judío fue la encarnación del mal, sin precedentes ni consecuente en la historia. En mi país desconocido, Fallada nos ofrece pinceladas –humanas, muy humanas- de decenas de miles de personas que sufrieron la brutal represión de sus vidas aunque no fueran, físicamente, eliminadas.

Estos tres temas me parecen los más conseguidos en la propuesta de este En mi país desconocido, escrito por Hans Fallada en 1944 cuando está encarcelado y destrozado vitalmente. Su vida no fue fácil. También fue un desconocido para sí mismo.

viernes, 17 de agosto de 2012

El club de los poetas muertos y los errores educativos


El nihilismo puede ser divertido como construcción teórica. Llevado a la vida real, es letal para un adolescente.

Nunca he entendido las alabanzas educativas que siempre ha recibido esta película dirigida en 1989 por Peter Weir. No culpo de esto al director australiano. Esta película así como otras como El show de Truman o La costa de los mosquitos son apuestas ingeniosas para la reflexión antropológica. 

Analicemos las dos figuras educativas básicas en El club de los poetas muertos. El profesor Keating y el padre del alumno Neil Perry.

Keating usa como herramienta educativa de su asignatura la provocación. Cuestiona todo aquello que los alumnos tienen como modelo a seguir: Tradición, Honor, Disciplina y Excelencia 

Su primer error es de orden valorativo: provoca para enseñar y no enseña para provocar. Así, adoctrina. Los padres educan porque, afortunadamente y en la mayoría de los casos, conocen la realidad que rodea la vida de sus hijos. Cuando esto lo hace alguien que se desconoce la totalidad de la vida de un adolescente, puede provocar serios daños vitales.

Su segundo error es psicológico: desconoce que si a un joven se le ofrece romper con sus obligaciones, tomará este camino porque es lo más cómodo. Los adolescentes son utópicos y, al mismo tiempo, acríticos. Ofrecer la nada, en lugar de las obligaciones, es peligroso porque, al final, mejor o peor, un joven necesita que se le ofrezcan seguridades.


El padre de Neil Perry es otro peligro. Cuestiona todo aquello que va en contra de su visión de la vida. No quiere a su hijo sino que quiere verse realizado en él.

Su primer error es de orden afectivo. Se debe querer a los hijos no por lo que hagan sino cuando no hacen lo que deben. Es la mejor manera de ayudarles a ser mejores. Los hijos cambian cuando quieren contentar a quienes les quieren. Lo demás, son enredos psicológicos.

Su segundo error es de orden pedagógico. A los hijos –a los alumnos- siempre hay que ofrecerles salidas plausibles. No sólo cuando se equivocan. También cuando quieran realizar sueños que, aunque no sean realistas, no hacen daño a nadie.

Perry prohíbe, sin posibilidad de acuerdo, a su hijo que haga teatro. Lógicamente, Neil recurrirá a la mentira para hacerlo.

Perry ahoga la vida de su hijo porque quiere que llegue lejos. ¿Por qué? Porque el no lo ha conseguido. Perry olvida que la vida de los hijos no son los padres.

Las dos –padre y profesor- por motivos diferentes, cometen el mismo error: romper con la realidad sin ofrecer nada a cambio. El nihilismo puede ser divertido como construcción teórica. Llevado a la vida real, es letal para un adolescente.

martes, 14 de agosto de 2012

¿Es bueno arrepentirse?


Todas las canciones tienen un estribillo. Es la necesaria parte pegadiza, destinada al público, que necesita de la repetición para aprender una letra. Sólo cuando algo se aprende, cabe la posibilidad de que ese algo  guste. Lo saben los músicos y lo sabe el que compra un disco.

Entre los adolescentes, se repite un estribillo –los medios de comunicación lo denominan ahora pomposamente como mantra- que sale a colación en cualquier tipo de conversación que mantengan: No me arrepiento de nada.  

Tal afirmación en gente joven creo que no tienen especial importancia. Un joven no tiene pasado. Tiene un presente confuso y un futuro lejano que anhela. Sin pasado, el arrepentimiento –que es memoria- permanece inactivo.

Preocupante me parece esta afirmación en personas que ya dejaron la juventud atrás. Con los años, uno es más pasado que futuro. El tiempo es vida y también la condición de posibilidad de no haber hecho uno lo que debe.

Creo que esto lo compartimos todos. También los que sostienen que no hay que arrepentirse de nada. La misma construcción de la frase ya deja entrever que se asume, al menos, que hay cosas que uno no ha hecho bien.

Sin embargo, tener conciencia de que uno debe arrepentirse de lo que haya hecho mal es dignificante, nos ofrece la posibilidad de ser mejores y, además, es garantía de salud mental.


Para acompañar el razonamiento de tal afirmación recurriré a la poesía para evitar, así, los argumentos circulares de la filosofía y las casuísticas laberínticas de la psicología. El olvidado Luis Rosales y su poema Autobiografía me parecen idóneos. 

Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir;
y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente,

Es cuestión de tiempo –la vida se encarga de eso-  que resulte inevitable echar la vista hacia atrás. Si uno ha vivido sin conciencia de arrepentimiento alguno, no podrá evitar convertirse en un náufrago rodeado por las aguas de todo aquello que debió hacer y no hizo y por todo aquello que hizo y no debió llegar nunca a convertirse en realidad. Esta realidad se torna dramática en el ocaso de la vida.

Por otra parte, la memoria, adormecida durante años, es traicionera. Saca del recuerdo hasta lo más vergonzoso de una vida para buscar la herida (la estatura de un niño…) 

así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

Enfrentarse a la vida con la prudencia de un caballo de cartón en el baño puede parecer pusilánime. No lo creo. La prudencia no es otra cosa que sabiduría que sabe tomarse su tiempo.

Por eso, el final del poema me parece definitivo. El cariño, cuando es sano, reconoce que el arrepentimiento es la señal de que en nuestras relaciones personales buscamos el bien de quienes nos rodean y no el provecho propio.

Esta no es la esencia del arrepentimiento pero sí la casilla de salida para comprender que ese no arrepentirse de nada significa, sin más, que uno no ha querido nunca a nadie. Buen estribillo que se aprende pronto.

La huella: El cine como lenguaje


De la insoportable levedad del ser a la broma

Cuando Milan Kundera escribe su insoportable levedad del ser en 1984 se retrotrae a la Praga de finales de los sesenta para contarnos –con una genial escritura e igual genialidad en el más gusto descriptivo- la decadencia existencial del protagonista.

Tomás no es otra cosa que metáfora de un régimen marxista que se descompone a borbotones. La levedad es insoportable cuando la existencia está ahogada por la ausencia de la libertad personal.  

Todo lo demás –esa interpretación tan de Kundera de sintetizar la filosofía de Nietzsche con aquello que jamás dijo el filósofo- es mero recurso argumentativo para glosar una historia que no tiene más remedio que ser contada.

La ausencia de libertad es directamente proporcional a la levedad de una vida. Dado este caso, el único recurso es contar esa historia.

Catorce años más tarde, Milan Kundera publica La Lentitud. Continúa esa insoportable levedad del ser como telón de fondo de su escritura. Sin embargo, -con igual maestría y mal gusto- ofrece, quizás, una posible solución: el redescubrimiento de la lentitud para remansar el ocaso del ser: el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.

Todo esto es sólo el motivo narrativo para  recuperar del olvido una película de 1972, La huella, dirigida por Joseph L. Mankiewicz e interpretada, de manera magistral, por Laurence Olivier y Michael Caine.


Los méritos cinematográficos de la película son diversos: -Guión inteligente y con dosis de humor que requieren de esa misma inteligencia para ser comprendidos. –Valiente adaptación al cine de la obra de teatro homónima. –Enfrentamiento interpretativo entre los dos actores que no dan un ganador claro. –Un inicio –ese jardín laberíntico- que es una declaración de intenciones.

Y lo que me parece más importante. La verdadera apuesta ideológica de Mankiewicz. Una solución vital a la insoportable levedad existencial de uno de sus protagonistas. Esta no es otra que llevar la broma y el juego, como estilo de vida, a su máxima expresión. 

Milan Kundera escribió La lentitud por puro gusto. Mankiewicz hace de éste –otra cosa no es el juego sino el hacer por gusto- el motor de su película.

Quizás –es seguro- tanto una propuesta como la otra se queden cortas. Al leer a Kundera o ver el cine de Mankiewicz experimentamos, al menos, que el ser humano es algo más que intentos fallidos de existencia.

No obstante, el buen cinéfilo disfrutará con esta película que obliga a contar poco de ella para no desvelar lo que no debe ser contado para no estropear la historia. Como las vidas que no quieran ser pura levedad.

lunes, 13 de agosto de 2012

Formar mentes brillantes: Decálogo


Siguiendo las propuestas de Howard Gardner y sus tesis sobre las cinco mentes del futuro, gloso el siguiente decálogo -de elaboración propia- manteniendo la argumentación básica del mencionado psicólogo norteamericano.

Las mentes brillantes se forman en las casas y en las escuelas. Eso es obvio. No lo es tanto cómo hacerlo. Los esquemas del pasado son inválidos en un mundo que es diferente de un día para otro.  

Las escuelas forman para la vida pero siguen usando esquemas de “producción” propios de la revolución industrial. Imposible formar así a alumnos para el futuro con sistemas caducos. Igual de absurdo está siendo introducir, por activa y por pasiva, las Nuevas Tecnologías para hacer más de lo mismo. El problema de la enseñanza no es de metodologías sino de paradigmas.

Igual de dañina es la tendencia de convertir los hogares en hoteles. Así, el calor de hogar se esfuma y los hijos, llenos de comodidades, pierden la brújula del esfuerzo para, más tarde, perder la del cariño.

La lógica del cariño no es como se piensa en esta sociedad de mensajes cortos, sensibleros y sin contenido. Se quiere a la gente por la que se hacen cosas y no, necesariamente, por quién las haga para ti. Los hijos quieren más a sus padres cuando pueden hacer cosas por ellos. Nos empeñamos en hacerlo al revés. Hacerlo todo por ellos y que ellos no hagan nada.

Esta propuesta quizás sirva para encauzar esa sangría  educativa y familiar. Cambio de paradigma educativo para las escuelas y cambio de sentimentalismos para las familias. 


1 Educar en el respeto. Se consigue pidiendo responsabilidades cuando éste se pierde. Lo demás es perderse en terapias de motivaciones que lo único que consiguen es eternizar los problemas. Una escuela que no exige respeto, es una escuela podrida. Una familia que no exige respeto, es una familia desunida.

2 Sin respeto, es imposible enseñar. La motivación en estas cuestiones debe sustituirse por corregir al que se equivoca. Y, como dice Gardner sin medias tintas, al que no respete y no quiera cambiar, hay que separarlo del grupo y rechazarlo. En cómo hacerlo, es dónde hay que invertir tiempo.

3 La mejor manera de educar en el respeto y propiciar metas conjuntas para todo el grupo: una clase o una familia. Cuando se lucha en compañía por un mismo objetivo, surge lo que une. La escuela es individualista. Los hijos deben sacar su casa adelante. Decir que la única obligación de un hijo es estudiar es sembrar su fracaso.

4 Las mentes brillantes son mentes disciplinadas. Disciplina, aquí, no significa ser constantes y ordenados. La mente disciplina contextualiza el saber. El no disciplinado, sólo memoriza en el mejor de los casos.  

5 El sistema educativo debe cambiar los modelos de exámenes. Estos, en la actualidad, son exclusivamente memorísticos. En las universidades, para colmo, suelen ser tipo test porque se corrigen antes. Las asociaciones de padres algún día entrarán en estas cuestiones. Tiempo al tiempo.

6 Cultivar una mente sintética o sucumbir ante las toneladas de información que nos proporcionan las Nuevas Tecnologías. La mente sintética es la única capaz de realizar un todo coherente y unificado de ingentes cantidades de información. En Post sobre la mente sintética se ofrecen pistas de cómo educarla.

7 La sociedad nos obligará a ser creativos. Si no, tarde o temprano, nuestro trabajo será realizado por una máquina. Decir que debemos reciclarnos es asumir que no comprendemos el mundo en el que vivimos. Se reciclan los objetos. Las personas, tenemos que ganar en capacidad creativa.

8 Erramos con las aficiones que propiciamos en los hijos y en los alumnos. Pianistas famosos o futbolistas mediáticos multimillonario hay pocos. Hay aficiones que fomentan la creatividad. Hay que ir a por ellas. (Ver Post sobre la cuestión)

9 La mente ética será la casilla de salida para incorporarse al mercado laboral y para poder formar parte de un grupo familiar o de amistad. Las personas sin principios serán evitadas. Nadie se fía de nadie. Si no se fían de ti, te quedarás muy solo.

10 La mente ética se cultiva cuando formamos a personas que comprenda que lo útil es lo constructivo. Es decir, si lo que haces sólo es útil para ti perderás todo criterio ético. Es cuestión de tiempo que eso ocurra.