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jueves, 10 de septiembre de 2015

Relaciones tóxicas

-Hanibal Lecter: Primeros principios, Clarice. Simplicidad. Lea a Marco Aurelio. De cada cosa pregúntese qué es en sí misma. Cuál es su naturaleza. ¿Qué es lo que hace el hombre al que están buscando?
-Clarice Starling: Mata mujeres.
-Hanibal: ¡No! Eso es circunstancial. ¿Cuál es la primera y principal cosa que hace? ¿Qué necesidad cubre matando?
-Clarice: La ira... la aceptación social y la frustración sexual...
-Hanibal: ¡No! La codicia. ¡Esa es su naturaleza!

Extracto guión El silencio de los corderos

Posiblemente uno de los mejores diálogos del cine y, al mismo tiempo, con los mejores encuadres de cámara. En diversas ocasiones, tras planos circulares, los actores miran al objetivo. De este modo, el espectador se convierte en Clarice o en Hanibal sucesivamente quedando, así, atrapado.



Pero vayamos al fondo de la cuestión. Hanibal puede que sea la representación paradigmática de hasta dónde puede llegar la maldad humana. Pero esta cuestión, en la película, es circunstancial. Lo esencial es saber descubrir la “grandeza” de este personaje: su superioridad intelectual. Superioridad que queda reflejada en el extracto de guión propuesto: es infalible a la hora de distinguir lo esencial de lo circunstancial en la forma de ser y actuar del ser humano.

Buffalo Bill no mata mujeres sino que intenta saciar su codicia. Lo sabe Hanibal porque lo importante no es lo que uno hace sino por qué lo hace, es decir, que necesidad se cubre realizando tal o cual acción. Al igual que sabe que Clarice es policía, se ha hecho policía, porque de esa manera podrá cubrir su necesidad esencial: superar su trauma infantil.

Y, aquí, está lo grandioso de la película y la verdadera maldad del personaje, de Hanibal Lecter. No hacernos ver a los espectadores, ni a los propios interesados, que el gran error en las vidas de Buffalo Bill y Clarice es que se han equivocado a la hora de detectar sus necesidades.

Centrémonos en Clarice para no alargar la entrada. No se hace policía por vocación sino porque cree que de esa manera dejarán de chillar los corderos en su mente. Pobre Clarice. Al confundirse en la necesidad errará en su decisión profesional. Mientras no descubra que el chillido de los corderos no es lo esencial se aferrará a una profesión que a la larga, y en definitiva, no  la hará feliz.

Hoy en día abundan las personas con el mismo corte de personalidad que Clarice. Especialmente es llamativa esta realidad en el modo en el que muchos gestionan su relación de pareja. Entre los jóvenes, esta situación alcanza su máxima radicalidad negativa.

Se confunde el amor –necesidad vital- con el sentirse uno a gusto –necesidad esencialmente secundaria-. Y, así ,y sin saber ni el por qué ni el cómo, se enredan en unas relaciones interpersonales que, inevitablemente, terminarán en el hastío y una sensación triste de vacío interior. A Clarice le faltó enfrentarse a su verdadero miedo. A estos últimos, encauzar el gusto no hacia un sujeto sino hacia objetos.

domingo, 22 de febrero de 2015

La vida de los otros y el bien por omisión

El fin no justifica los medios. Una acción será loable si fines y medios son buenos. Si una de las dos partes no lo es, la acción en su conjunta merecerá desaprobación. La acción humana es fácil de enjuiciar desde esta sencilla premisa pues permite no solo analizar las acciones sino, también, la omisión de las mismas.

Así, por ejemplo, el conductor que se da a la fuga, tras atropellar a un ciclista, al huir omite el deber de socorrer. Su omisión es tan culpable como su supuesta conducción temeraria.

La vida de los otros, película alemana de 2006 dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck permite, entre otras muchas interpretaciones, un análisis ético sumamente original.

¿Puede ser loable, desde el punto de vista ético, la omisión? Es decir, ¿es posible hacer el bien omitiendo lo que, supuestamente, se debería hacer? ¿Puede una omisión contribuir al bien? ¿Cómo afecta esa posibilidad al juicio moral, a los fines y medios?

Gerd Wiesler, oficial de la temida Stasi –policía política de la desaparecida RDA- comprenderá –por razones que no desvelaremos- que la omisión es un arma poderosa para oponerse al mal. 




miércoles, 14 de enero de 2015

No olvides que yo no puedo verme, que mi papel se limita a ser el que mira el espejo

Jacques Rigaut, escribió: No olvides que yo no puedo verme, que mi papel se limita a ser el que mira el espejo.

Frase enigmática donde las halla. No menos que la vida de su autor, ese poeta de principios de siglo XX, angustiado por el surrealismo de su existencia. 

Más allá de su vida y de su poesía -no conozco su vida salvo lo que todos conocen de ella y no he leído su poesía ni pienso hacerlo- la frase es una de esas sentencias que cautivan, se memorizan con facilidad y que no se pueden quitar de la cabeza. Quizás, por el propio enigma y paradoja que encierran.

Solo nos vemos a nosotros mismos, nuestro rostro,  cuando nos miramos en un espejo o aquello que haga sus veces. Por tal motivo, si eso no fuera posible -por las causas que sean; el autor no ha tenido la bondad de apuntarlas- al mirar al supuesto espejo veríamos todo en lo que en él se refleja menos a nosotros mismos.

¿Qué nos queda entonces? Mirar el espejo ¿Por qué? Porque nunca se puede dejar de mirar. ¿Por qué el espejo? No hay otra cosa que mirar. La frase es clara, al menos, en este sentido. 

Demos pistas. ¿No será entonces el espejo metáfora de otra cosa? La clave está en el propio autor, aquel que se sentía vivo cuando experimenta su inexistencia y que, para su martirio, veía su nombre escrito en todos los espejos. Por eso, la urgencia vital de no verse reflejado en ellos.

Se hacía necesario explicar la frase. Se escriben muchas inexactitudes sobre su significado. 

¿Algo más? Sí. Hoy lo tendría más difícil.Más difícil ese borrar su nombre de todos los espejos.

El mundo, interconectado, es un inmenso espejo. Nos  ven, nos vemos, nos dejamos ver, nos gustan que nos vean, nos gusta vernos. Nuestro nombre escrito en todo el espejo. Un auténtico hartazgo de existencia. Tanta y tanta que ésta está dejando de ser real. No somos nosotros, No estamos convirtiendo en el espejo.

domingo, 17 de agosto de 2014

¿Algo de lo que has hecho ha mejorado tu vida?

Los jóvenes de ahora, en su mayoría, sufren los estragos de una hipertrofia sentimental. Esta situación produce, entre otras consecuencias, una confusión absoluta entre el plano de lo real y el plano de la posibilidad.

Dicho en términos más comprensibles. Muchos jóvenes creen que los sueños –objetivos buenos que se quieran conseguir- se convertirán en real por el mero hecho de desearlos.

Cuanto más ambicioso sea lo soñado y menos se haga para conseguirlo, más riesgos hay de sufrir, y mucho, cuando la terca realidad se imponga y ese joven soñador descubra la inutilidad de su vida.

No hay que ser un experto en educación para saber que ese proceso descrito ocurre en demasiadas ocasiones. Mucho más cuando los padres, en vez de ejercer como tal, se convierten en los primeros “estimuladores” insensatos de los posibles talentos de sus hijos.

Del dicho al hecho hay un trecho. A todos nos gustaría ser, por ejemplo, un prestigioso cirujano. Pero no todos tenemos la capacidad intelectual para serlo ni, lo que es aún más determinante,  la fuerza de voluntad para prescindir de muchos planes y dedicar esas horas al estudio. Lo soñado, por ser soñado, no es real.

Estamos ante los dos efectos provocados por esta confusión entre sueños y realidad.

El primero, el gran desconocimiento que los jóvenes tienen sobre sus verdaderas capacidades intelectuales. Tarde o temprano, la misma vida les hará situarse pero considero que es una pena que tenga que ser de este modo. Los sufrimientos de este tipo habría que evitarlos. Un padre que no hace comprensiva a su hijo sus capacidades es un auténtico peligro. Al final lo hará escuela, tarde y mal.

El segundo, la inactividad de la voluntad. Este efecto es realmente el más devastador. No estamos ante un problema de pereza cuando un joven sueña con ser astronauta y no hace nada por conseguirlo. El asunto es aún peor.

El gran problema es que su vida diaria podría ser la misma que la de un joven que quisiera ser camarero. Obviamente, el ejemplo, al estar contextualizado, deja claro que no busca ser hiriente con ninguna profesión. Ese joven que quiere ser astronauta no asume ninguno de los sacrificios que su sueño exige.

¿Qué hacer? Lo primero, hacerse la pregunta adecuada en el momento oportuno. Eso, ayudará a ese joven a empezar a reflexionar. Es lo primero aunque no lo único.

La pregunta adecuada es la siguiente: ¿Algo de lo que has hecho ha mejorado tu vida?



domingo, 8 de junio de 2014

Resolución de conflictos: Inteligencia emocional. Dos escenas.

Acerquémonos a un análisis práctico de lo propuesto a través del cine. En concreto, al hilo de dos escenas extraídas de  Matar a un ruiseñor, película estadounidense dirigida en 1962 por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck. La cinta está basada en la novela homónima de la escritora Harper Lee, Premio Pulitzer en 1961.




Escena 1

Atticus sorprende a su hija llorando. Resuelve la situación siguiendo los siguientes pasos.

1º No culpa a la maestra de su hijo sino que le ofrece una salida plausible.
2º Le da un consejo válido para cualquier situación.
3º Le propone un pacto.
4º Atiende a su verdadero problema, dándole una solución válida.

Claves

1º Al no culpar a la maestra, posibilita que su hija centre el problema en ella y no en lo que le rodea. Buscar culpables imposibilita que una persona sea dueña de su vida. 

2º El consejo es el siguiente: Nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no logres meterte en su piel y sentirte cómodamente. Así, consigue que su hija extraiga una enseñanza vital que va más allá de lo que le está ocurriendo. El presente se arregla preparando el futuro.

3º Le propone un pacto. Es decir, te ayudo con tu problema pero tú tendrás que hacer algo a cambio. Ayudar sin pedir nada a cambio, no educa.

4º Atiende a su verdadero problema sin entrar en discursos racionales. Un conflicto se soluciona desde lo emocional para poder dar paso a lo racional. Las charlas interminables provocan problemas mayores pues la persona se siente juzgada y no ayudada.

Escena 2

La hija de Atticus disuelve a la "masa" de conciudadanos que quiere tomarse la justicia por su mano y que pretende ajusticiar al joven de color acusado, falsamente, de violar a una chica. Atticus, viendo la agudeza de su hija, la dejará proseguir con los argumentos.

Claves

1º La pequeña, individualiza a la masa. Al llamarlos por sus nombres, rompe la barrera inicial entre un grupo y otro.

2º Prosigue la conversación hablando de vivencias comunes entre ellos y su familia. De esta manera, consigue algo más eficaz que la disolución antes mencionada: los personaliza. Es la única manera de aunar voluntades.


Si Aristóteles fuera Ministro de Educación

La sociedad actual –al menos en el mundo occidental- habla de valores en lugar de virtudes. El motivo es sencillo. Los valores son intercambiables, coyunturales, comprometen menos e, incluso, son susceptibles de ser sometidos a votación para elegirlos.

Ejemplos de valores en emergencia: la transparencia, la honradez, el emprendimiento. ¿Por qué? Dos motivos: la inteligencia, menos mal, nos presenta como valor algo que se considera bueno –esa transparencia, esa honradez, ese emprendimiento- añadiéndosele que, en este momento, son sumamente necesarios.

Dentro de diez años, igual no es necesaria tanta transparencia –será así porque se nos está yendo la mano en ese asunto- y pasará a ser un valor la privacidad. Así funcionan los valores.

En definitiva, esto ya viene de antiguo. El utilitarismo inglés lo formuló hace siglos. Convirtamos en valor a aquello que procure la mayor felicidad al mayor número posible de personas. Ahora toca emprender, mañana será otra cosa.

El valor, por tanto, sustituye a los principios. Un principio de vida no es amoldable a lo cambiante. Cuando se habla de valores, no nos engañemos, se está renunciando a la posibilidad de que puedan existir principios que no dependan de las circunstancias.

Honradez, ¿principio o valor? Las conclusiones son evidentes. Ahora interesa. Mañana, ya veremos.


¿Y las virtudes? Pobre Aristóteles. Están arrinconadas e, incluso, mal vistas. Han sido sustituidas por las competencias. Una virtud es un hábito que interioriza un principio. Una competencia es una habilidad que potencia, momentáneamente, un valor.

Igual todo esto es discutible. Si son mejores los principios-virtudes o los valores-competencias.

No obstante, estoy convencido que si giramos, en este punto, la reflexión hacia la educación de los más jóvenes –niños y adolescentes- nuestro filósofo griego, al menos, se echaría las manos a la cabeza.

Un valor y una competencia te hacen útil por un tiempo. Volvamos a los clásicos. Un principio y una virtud te hacen bueno siempre.

domingo, 6 de abril de 2014

Zugzwang: el ajedrez y la vida

Zugzwang hace referencia a una posición propia del ajedrez. Se produce cuando al verse un jugador obligado a jugar –porque es su turno- perderá irremisiblemente la partida. Zugzwang es una palabra alemana que deriva de zug, jugada y zwang, obligación.

Los aciertos de un jugador, o los desaciertos del otro, producen, en ocasiones, estas posiciones que suelen presentarse en los momentos finales de la partida.

En la siguiente posición, es el turno de las negras. El rey negro sólo puede mover a la casilla d7, jugada obligatoria que le hará perder la partida pues tras Rb7, por parte del blanco, el peón coronará.


Esta situación táctica del ajedrez puede dar lugar a diversas reflexiones que relacionen, dicho concepto, con la propia vivencia personal de cada uno. Muchas veces, las situaciones son tan complejas que, se haga lo que se haga, la situación empeorará en todos los casos.

Suele ocurrir esto, por desgracia, en situaciones de indefensión: por ejemplo, en cualquier tipo de acoso. La víctima se ve, siempre, en una situación dramática. Haga lo que haga, empeorará su situación. Por eso, nada peor que dejar a estas personas solas. Una sociedad que deja en soledad a estas personas, convierte al ser humano en una pieza de juego.

Sin embargo, la vida, otras veces, no es tan dura con uno y puede permitir una opción plausible ante cualquier dificultad: dejarlo estar, es decir, negarse a mover pieza porque uno está en su derecho de hacerlo. El ajedrez obliga; la vida, puede que no.

Cabe, finalmente,  la astucia del que, sabiendo que debe mover, lo hará a su manera y negándose a jugar el juego que los demás quieren. Estos son los ejemplares. Aquellos que están a otro nivel. Como Tomás Moro con su querido rey Enrique VIII. 

domingo, 30 de marzo de 2014

La terminal, metáfora de muchas cosas

La Terminal quizás sea una película menor de Steven Spielberg. Dirigida en 2004, e interpretada por Tom Hanks (Viktor Navorski), Catherine Zeta-Jones (Amelia Warren), y Stanley Tucci (Frank Dixon) no deja de ser una comedia que se aleja de lo propio de un Spielberg que intenta, sin acierto, emular al gran Frank Capra.

Viktor Navorski, natural de Krakozhia, llega a Nueva York, al aeropuerto JFK. En el transcurso de su viaje, su país sufre un golpe de estado. Por tal motivo, y al romperse las relaciones diplomáticas de Estados Unidos con su país, Viktor Navorski se convierte en un indocumentado que no podrá salir de la terminal hasta que se resuelva el conflicto.

Aquí comienza la película y la peripecia del protagonista. Frank Dixon, responsable del aeropuerto, será su pesadilla particular. La trama no da para mucho pero la intención del guión, sí. La terminal es metáfora de demasiados asuntos.


Viktor Navorski es ciudadano de ninguna parte, atrapado en un aeropuerto que es metáfora de un mundo desconocido y hostil. La hostilidad está representada por la legalidad que representa Frank Dixon. Viktor Navorski llega en avión aunque podría haber llegado, perfectamente, en una patera.

Viktor Navorski hace amigos. Principalmente con dos empleados del aeropuerto que no son estadounidenses y con problemas pendientes de solucionar. Las relaciones humanas como metáfora del desamparo.

Viktor Navorski sabe querer a una mujer que, como él, espera a que su vida tenga alguna solución. La espera como metáfora de la esperanza.

Viktor Navorski sabe buscarse la vida. No tiene un duro y empieza a sentir la dureza del hambre. La necesidad como metáfora del emprendedor. No necesita cursos sobre emprendedurismo. 

 https://www.youtube.com/watch?v=ndSn1GdsAjY Vídeo ilustrativo de su emprendimiento.

Viktor Navorski esconde un secreto. El por qué de su viaje a Estados Unidos. Quizás, la metáfora más lograda de la película.

sábado, 1 de febrero de 2014

La derecha líquida Quo vadis, PP?

La modernidad líquida puede considerarse una categoría sociológica acuñada por Zygmunt Bauman. Surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante –incierta– y cada vez más imprevisible.
 
Ese “surfear” quizás sea la acción –“surfear” no deja de ser un verbo- que mejor defina la situación del individuo postmoderno. No se transita ya sobre terreno firme sino sobre un líquido –el agua- siempre cambiante. Los líquidos no conserven su una forma durante mucho tiempo. Están dispuestos a cambiarla fácilmente. Al individuo, no le queda otra: surfear y adaptarse al cambio. Es más: ser el mismo un continuo cambio.
 
En una modernidad líquida –sociedad líquida, hombre líquido, educación líquida, etc. pues Bauman fusiona todo- no es posible planificar el futuro ya que todo es global y todo nos influye y sin que haya una proporción entre los efectos y las causas. Nunca se sabe cuando puede estallar algo que eche por tierra cualquier pronóstico.
 
Es lo que ocurre con la economía: una simple declaración inoportuna puede provocar desastres bursátiles. Es lo que ocurre a los dirigentes políticos: una caída cazando puede propiciar el descrédito de una institución. Es lo que ocurre en Twitter: un comentario desafortunado puede incendiar la red social.
 
Algo parecido puede ocurrirnos en nuestra vida personal. Nuestra identidad es digital y esto, nadie lo pone en duda, acarrea ciertos riesgos si uno no tiene la cabeza amueblada. Esta identidad es, cada vez, menos estable, fragmentaria y débil pues debe reinventarse continuamente para mantenerse con un perfil idóneo (Hecho que está haciendo estragos entre la gente joven)
 
 
Es lo que ocurre con el consumo. El consumismo no se define ya por la acumulación de cosas sino por el breve goce de éstas. Es lo que ocurre con el conocimiento. Ya no es perdurable, sino de usar y tirar.
 
Y, en definitiva, es lo que ocurre con la política. Los grandes discursos programáticos han pasado a la historia simplemente porque no se pueden mantener. Los grandes programas versaban sobre cosas sólidas y sólido, ya no queda nada.
 
El Partido Popular, partido que sustenta el gobierno, vive en esa encrucijada de la sociedad líquida. No es posible mantener fuertes promesas porque la situación es tan cambiante que no es posible hacerlo. Mariano Rajoy, lo sabe y, por la tanto, ha hecho del pragmatismo su bandera y de la crisis económica su única ocupación.
 
Si, al menos, la economía mejora, esa porción de la sociedad que se resiste a ser líquida, quizás le perdone su manera de surfear.

domingo, 19 de enero de 2014

Un día de furia y Gamonal

Es cierto que William Foster (Michael Douglas), protagonista de Un día de furia, es una persona con problemas personales serios. Sin embargo, la causa de su reacción en cadena no tiene nada que ver con su situación vital.

La película, dirigida en 1993 por Joel Schumacher, es meridianamente clara en este sentido. William Foster queda atrapado en un atasco. Hace calor, no tiene un buen día. Se va desesperando y pierde la paciencia.

Sin embargo, no pierde la paciencia por la situación. La pierde porque no comprende como cientos y cientos de ciudadanos, como él, pueden soportar tal escenario sin quejarse lo más mínimo. Desde ese momento, su reacción –la trama de película- irá en un crescendo violento que encierra una crítica social demoledora.

William Foster no es un desequilibrado. Es un ciudadano indignado.
 
 
El mayor acierto de Joel Schumacher es mostrarnos la delgada línea que separa la sensatez cívica de la rabia. El ser humano no sabe cuando puede ocurrirle eso. Y, mucho menos, lo saben los gobernantes.
 
Las acciones que comete William Foster son condenables. El fin nunca justifica los medios. Y, mucho menos, si los medios son violentos. El discurso racional es la única arma sensata en estas situaciones.
 
Sin embargo, y prácticamente hasta las escenas finales de la película, el espectador simpatiza con el protagonista.
 
¿Por qué? Porque no hay quién escuche discurso racional alguno. Y, mucho menos, desde las instancias políticas.
 
William Foster se ve solo, sabe que está solo. Los demás, seguirán aguantado atascos sin hacer nada. Por eso fracasa.
 
¿Hubiera sido otra la película si se hubieran unido a William Foster cientos de ciudadanos haciendo lo mismo? ¿Hubiera triunfado, entonces?
 
Pienso que no. O quiero creer que no.
 
Joel Schumacher habría reconfigurado, en esa nueva situación, el guión de la película haciendo surgir la figura de un líder que amansara la indignación gracias a su catadura moral.
 
Final de película.

lunes, 13 de enero de 2014

Aprender a dejarlo estar

La afamada frase de Herman Hesse -Algunos pensamos que lo que nos hace más fuertes es aguantar pero otras es dejarlo estar- siempre me ha parecido una sentencia sugerente y de gran calado filosófico y psicológico.

Link que nos remite a una escena final de la serie Mentes criminales en la que se ejemplifica la frase de Hesse: https://www.youtube.com/watch?v=0VD0pK6Abvc

Filosófico, porque ese dejarlo estar nos remite a la realidad.

Psicológico, porque la frase, en su conjunto, es una bofetada conceptual a la insensata moda psicológica que no para de insistir en la importancia que tiene que cultivemos nuestros sueños para ser feli

Hagamos un sencillo análisis de la cuestión filosófica.

La vida moderna, más bien posmodernidad, en la que vivimos ha dado primacía al soñar sobre la realidad. Y, esto, de muchas maneras. Algunos ejemplos:

-En lo económico, con créditos que permitían (ya no) comprar lo soñado.
-En lo estético, permaneciendo siempre joven y sin arrugas aunque haya que pagar un alto precio.
-En la diversión, con una estrategia de publicidad que disuelve las edades apropiadas para hacer cualquier tipo de plan. Cualquier edad es buena para cualquier cosa.
-En lo moral, vaciando la responsabilidad personal en pro de una responsabilidad legal.
-En el esfuerzo, sustituyéndolo por el cansino emprendimiento como si el éxito surgiera por generación espontánea.



En definitiva, y para no alargar la cuestión, sustitutos falsos de una realidad que, tarde o temprano, se impondrá para derrumbarnos: porque el crédito se acaba, las arrugas llegarán, los años pesan, la responsabilidad moral es una realidad o el esfuerzo no es sustituible.

Finalmente, el aspecto psicológico.

Cumple tus sueños, busca en tu interior, escucha tu corazón y lindezas de este tipo conducen, como mínimo, a la frustración. Porque los sueños tiene que ser realistas, el interior no se puede entender sin lo exterior o porque en el corazón debe resonar también los demás.

Lo de cumple tus sueños es especialmente peligroso porque, desafortunadamente, nuestra juventud, por influencias y educación, esta creciendo en este clima de excitación del yo sin poner los pies en la realidad. La realidad de las propias capacidades y limitaciones.

No nos perdamos. Por ejemplo. Si no tienes visión espacial ninguna ¿cómo pretendes ser arquitecto? ¿Nadie te ha dicho, con cariño y sin ofenderte, que deberías tener otro sueño?

Hesse nos ofrece el antídoto. Uno es dueño de su vida cuando saber que hay cosas, situaciones, sueños, relaciones, que, simplemente, hay que dejarlas estar




sábado, 4 de enero de 2014

House y la autoestima

Uno de los grandes errores de análisis que ha propiciado la psicologización desmesura de nuestra vida cotidiana es, sin duda, el que se refiere a la autoestima, esa pretendida valoración que hacemos de nosotros mismos y la inmensa influencia -supuesta influencia- que tiene en nuestra felicidad.
 
Que gran mentira. La autoestima no es un sentimiento propio. Es un sentimiento impuesto por los demás. Nos vemos como nos ven los demás. La autoestima no es más que ese espejo que los demás usan para vernos y que tomamos como único espejo posible para mirarnos a nosotros mismos.
 
La necesidad de agradar a los demás se ha impuesto como filosofía de vida.
 
Esa necesidad de agradar, a toda costa, produce un vaciamiento del propio yo. En definitiva, la riqueza de una persona –que no haga el mal a sabiendas- se mide por el grado de desagrado que genera a su alrededor. Sin embargo, ocurre lo contrario.
 
Nos vemos como nos ven los demás. La gasolina de esta manera de percibirnos es la necesidad de agradar. Queremos agradar porque es costoso remar solo. Y a todo esto, que es bastante simple, le llaman autoestima. El resultado es claro: aturdimiento mental.



 

Muchos gurús de la salud mental deberían aprender del doctor House.

 

House y la aprobación de los demás

Ya. Es cierto. Es insoportable, maleducado, grosero, etc., etc. Sin embargo, House no tiene problemas de autoestima. La razón es muy sencilla: desprecia la aprobación y el aplauso, no le gustan las aprobaciones públicas de aprobación. House desconfía de este tipo de motivaciones.
 
En definitiva, aquí está el quid de la cuestión y, nuevamente, gracias a esa psicologización dañina. Tras autoestima, los gurús no para de hablar de motivación. Y, como son muy suyos, han unido motivación a quedar bien. Hasta tal punto esto es así que cuesta trabajo motivarse si no hay aplausos.
 
La solución, nuevamente, la podemos encontrar en el propio House.  Le importa más la verdad que la aprobación de la gente. Eso es lo que le motiva. Eso es lo que le hace mirarse a sí mismo sin espejos.

jueves, 26 de diciembre de 2013

La soga y la filosofía de Nietzsche

Dos amigos, Brandon y Philip, estrangulan a su amigo David con el único objetivo de demostrar que son capaces de cometer el crimen perfecto. Este crimen no sólo es perfecto porque nadie vaya a descubrirlo sino porque sólo ellos, dada su superioridad sobre los demás seres humanos, son los elegidos para poder realizar semejante acción.
 
Para confirmar su teoría, invitarán a cenar, a su apartamento, a los padres de David, a su novia, a un antiguo novio de ésta y a Rupert, antiguo profesor, que ha ejercido una notable influencia sobre los jóvenes, especialmente, en sus teorías sobre la condición humana y la miseria de muchos a la hora de enfocar sus vidas.
 
El arcón, en el que han escondido el cadáver de David, servirá de mesa para los comensales. Todo está dispuesto así para dar paso a un enfrentamiento dialéctico entre Brandon, verdadero artífice del asesinato y Rupert.
 
 
Título original: Rope.
Año: 1948.
Duración: 80 minutos.
País: Estados Unidos.
Director: Alfred Hitchcock.
Guión: Arthur Laurents. Hume Cronyn.
Música: Leo F. Forbstein.
Fotografía: Joseph Valentine. William V. Skall.
Reparto: James Stewart, John Dall, Farley Granger, Cedric Hardwicke, Joan Chandler, Douglas Dick, Constance Collier, Dick Hogan.
Producción: Warner Bros. Pictures. Transatlantic Pictures.
Género: Suspense. Basado en hechos reales.

La soga, de A, Hitchcock, lleva a los límites la concepción nietzscheana del superhombre reflejando, al mismo tiempo, una radical muestra de la transmutación de todos los valores y la moral de esclavos.
 
 
 
Brandon, representa al superhombre, el fiero león que no teme a la muerte ni al dolor y reina entre todos los animales porque su fuerza le lleva a afirmar su poder sin necesidad de plantearse cuál es su deber.
 
La transmutación de todos los valores queda reflejada con el asesinato, cruda metáfora de la superación de cualquier orden moral establecido.
 
La moral de esclavos, en la actitud de los diferentes comensales, especialmente en el caso del padre de David, que se escandalizan ante el cariz que toma la conversación entre Brandon y Rupert. Teorizar, de esa manera, sobre la posibilidad de un crimen perfecto y que se deba eliminar a los seres inferiores no es admisible ni digerible.
 
Mención especial merece Rupert, el profesor. Es un teórico que lleva sus ideas a los límites, a los límites del juego meramente intelectual. Sin embargo, sería incapaz de llevar sus ideas a la práctica. Demasiado tarde, comprueba, que sus palabras pueden ser tomadas en serio por jóvenes inestables o ansiosos por contentar a su maestro. Paradójico es que descubra su error al comprobar que sus ideas se han llevado a la práctica. Rupert es la encarnación del fracaso de las ideologías totalizadoras.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La soga, Alfred Hichtcock.

Antes de desarrollar las implicaciones filosóficas de esta propuesta cinematográfica de Alfred Hichtcock –La soga ofrece interesantes paralelismos con el pensamiento de F. Nietzsche- puede resultar divulgativo exponer algunos aspectos técnicos y cinematográficos que hacen que esta película se haya convertido en una de las más emblemáticas del director inglés.
 
La soga, estrenada en 1948, es una adaptación de la obra teatral Rope, escrita por Patrick Hamilton en 1929. Ésta, a su vez, se basa en hechos reales acontecidos en años anteriores en la Universidad de Chicago y que tuvieron una enorme influencia mediática en la época.
 
Es la primera película dirigida por A. Hichtcock en color. A esta dificultad técnica, debe añadírsele la osadía de grabar la película en un solo plano secuencia, ocurrencia magistral que sólo se vio dificultada por las limitaciones de capacidad de los antiguos rollos de las películas. La película, al completo, sólo consta de nueve tomas.
 
Por tal motivo, cada diez minutos, aproximadamente, se hacía necesario que la cámara enfocara una zona oscura (normalmente, la chaqueta de algunos de los personajes) para poder proceder, así, al cambio de rollo. Hichtcock consigue lo pretendido: nos presenta la historia en tiempo real, desde las 19.30 hasta las 21.15 horas. Gran maestría técnica del maestro del suspense.
 
Los ventanales (espléndida maqueta) que cierran el escenario en el que transcurre la trama –una habitación de un apartamento- acompañan esa temporalidad de la historia con sus cambios de luces.
 
 
Pocas historias cinematográficas poseen el inicio desgarrador de La soga. Un primer plano de un estrangulamiento. Sin embargo, lo importante a reseñar es la estrategia de suspense que crea, desde el inicio, Hichtcock. El espectador sabe lo mismo que los protagonistas y, en algunas escenas, más que los propios protagonistas. La angustia, así, está servida.
 
Los diálogos (son tan buenos que no hace necesaria el acompañamiento musical), más allá de otorgar a la película una firme base filosófica, constituyen el auténtico pilar de la trama ya que es el recurso de la palabra el que resolverá las dudas y temores de los protagonistas y de los espectadores. Aunque no lo considero esencial, sin duda A. Hichtcock utiliza, también, esta herramienta para mostrar, sin dar lugar a confusión alguna, la homosexualidad de los dos jóvenes protagonistas.
 
Magnífica actuación de los actores, especialmente de James Stewart. La pericia técnica de grabar de continuo, exigía a los actores la perfección en el rodaje durante esos mencionados diez minutos de grabación sin cortes, montando y desmontando decorados sobre la marcha y, todo ello, exigiendo una planificación meticulosa de los movimientos de la cámara.
 
La soga, pesimista en su mensaje y desoladora en sus diálogos, no deja de ser una muestra de maestría técnica y narrativa.

El silencio de los corderos y la navaja de Ockham

La propuesta filosófica de Guillermo de Ockham (1296-1349) supuso una nueva forma de hacer filosofía conocida con el nombre de vía modernorum, en oposición a la vía antigua representada, principalmente, por la obra de Santo Tomás de Aquino.
 
El desarrollo temático de esta nueva vía, constituye el llamado principio de economía que, en una de sus concreciones, da lugar a la conocida navaja de Ockham:
 
La explicación más simple es siempre la verdadera. En una explicación, sobre cualquier realidad, no deben utilizarse más pasos que los estrictamente necesarios. La navaja de Ockham desgaja todo aquello que resulte innecesario en cualquier explicación.
 
En El Silencio de los corderos, Hannibal Lecter sigue esta máxima a la hora de aconsejar a la agente del FBI, Clarice Starling, en su investigación sobre el peligroso asesino conocido con el nombre de Buffalo Bill.
 
La escena propuesta es ejemplarizante en este aspecto. El diálogo, no tiene desperdicio:

-Primeros principios, Clarice. Simplicidad. Lea a Marco Aurelio. De cada cosa pregúntese qué es en sí misma, cuál es su naturaleza. ¿Qué es lo que hace el hombre al que están buscando?
-Mata a mujeres.
-No. Eso es circunstancial.

https://www.youtube.com/watch?v=6zr1JsvcCIo

Es circunstancial que Buffalo Bill mate a mujeres. Clarice es incapaz de comprender semejante atrocidad de afirmación. Lecter la instruye y, por eso, le recomienda leer a Marco Aurelio. De cada cosa, debemos preguntarnos que es en sí misma, cuál es su naturaleza; o, dicho, de otra manera: que necesidad cubre Buffalo Bill matando a mujeres.
 
Codiciamos lo que vemos cada día. Esta será una nueva pista que Lecter otorgará a Clarice. Buffalo Bill mata por codicia. Como no se puede codiciar aquello que no vemos a diario, Clarice comprenderá que Buffalo Bill conocía a su primera víctima. Así, la trama queda despejada y el argumento cerrado.
 
Hubiera sido mucho más acertado que Lecter hubiera recomendado a Clarice seguir las enseñanzas de Guillermo de Ockham.

Matrix o el genio maligno de Descartes

Así, pues, supondré que hay, no un verdadero Dios, fuente suprema de verdad, sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual haya usado toda su industria en engañarme.
 
De esta manera, formula Descartes la tesis del genio maligno, hipótesis que nos hace dudar hasta del rigor de las matemáticas y, que como consecuencia de eso, nos sumerge en una situación en la que no podemos tener certeza de nada, salvo la de nuestra propia existencia como pensamiento.
 
Pienso, luego existo: se puede dudar de la existencia de Dios, del cielo, de los cuerpos, de nuestro propio cuerpo; pero no se puede dudar de que todas esas cosas las estemos pensando. El cogito cartesiano se presenta, así, como la primera verdad clara y distinta, indubitable, que fundamentará todo conocimiento y cualquier otra nueva certeza.
 
La situación de Neo, en Matrix, es similar a la que se obtiene después de someter todo a duda al modo cartesiano. Neo duda hasta de su propia existencia. Sin embargo, y como ocurre tras la hipótesis del genio maligno, al menos podrá afirmar que existe como algo que piensa todas esas cosas.
 
Matrix, al igual que el genio maligno, deja a Neo como pensamiento que piensa. Descartes propondrá una salida filosófica a esa soledad del cogito. Los hermanos Wachowsky, una solución cinematográfica a la soledad de Neo.
 
 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Nelson Mandela Líderes frente a visionarios

Todos los intentos ficticios, llevados a cabo por la fuerza, de separar o confinar al ser humano terminan por fracasar. Los muros artificiales, terminan cayendo; las segregaciones raciales, terminan cayendo; los exterminios, terminan cayendo. Lo terrorífico es el alto precio que se paga mientras eso ocurre.

La solución, así nos lo muestra la historia, siempre ha venido de la mano de un líder, social o político, que ha entendido que la grandeza de un pueblo se mide por la unión de voluntades: las diferencias humanas constituyen la grandeza de un pueblo.

Lo opuesto a un líder es el visionario, personaje peligroso dónde los haya. Estos salvadores, en su ceguera, funcionan en una dirección contraria a lo que enseña la historia. Piensan que la grandeza de un pueblo está en la igualdad absoluta de sus ciudadanos. Como esto es imposible, terminarán por conducir a su pueblo a un precipicio. El visionario hace suya una idea que, en definitiva, no comparte su pueblo.

No es fácil descubrir a un visionario. Se necesita un líder para hacerlo. Líder fue Nelson Mandela.

 
Un pueblo posee distintos colores, tantos como colores tiene la raza humana. Un pueblo posee distintos idiomas, tantos como lenguajes posee la raza humana. Un pueblo posee distintas costumbres, tantas como tradiciones tiene la raza humana. Y, así, hasta el infinito si no se tiene un pavor ridículo (estamos en pleno siglo XXI) a la diferencia.

La identidad de un pueblo es su diferencia. Las fronteras humanas son artificiales. Los que se empeñan en construirlas caerán con ellas. Tarde o temprano.

Un homenaje a Nelson Mandela en un minuto y treinta segundos

sábado, 14 de diciembre de 2013

Sospechosos habituales

Sospechosos habituales sigue siendo, hasta el momento, el mejor trabajo de Bryan Singer. Mérito, no obstante, que no debe atribuírsele. Sospechosos habituales debe gran parte de su éxito al formidable guión de Christopher MacQuarrie y a la magistral interpretación de Kevin Spacey. Muestra de lo apuntado es que esta película consiguiera dos Premios de la Academia en 1996: mejor guión y mejor actor de reparto.
 
Siendo una película sobradamente conocida por todo cinéfilo, prescindiremos de su trama para centrarnos en la idea central sobre la que pivota todo su argumento. Ésta no es otra que la siguiente: El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía, sentencia que Kevin Spacey espeta, mientras es interrogado, a Chalz Palminteri.
 
¿Quién es el diablo en Sospechosos habituales? Keyser Söze, poderoso y enigmático jefe criminal. Su crueldad es legendaria. Nadie le ha visto y si alguno lo ha hecho no estará vivo para contarlo. Sobre Keyser Söze, sobre su existencia o no, como ocurre con el diablo, pivotará toda la propuesta argumentativa de la película.
 
 
 
 
El mayor triunfo de Keyser Söze consistirá en que todos pensarán que, en definitiva, no existe porque, una de dos, o es un montaje o tiene la suficiente inteligencia para no ser descubierto jamás. O si se le descubre, se llega irremisiblemente tarde.
 
Es lo que le ocurre al agente que investiga el caso que da continuidad a la trama de la cinta. Y es lo que le ocurre, no nos engañemos, al público que queda perplejo ante al gran truco de magia que Bryan Singer ha sabido hacer delante de sus narices. Sin duda, este es el gran acierto de Sospechosos habituales.
 
El diablo es lo contrario a un mago. Con la magia sabemos que hay truco y, por eso, ningún mago, que se precie, nos mostrará nunca su secreto. El diablo muestra todas sus cartas sabedor de que al hacerlo pensaremos que no hay truco alguno y que, por tanto, al conocer todas sus cartas, pensaremos que no existe.
 
Lograda metáfora argumental, sin duda. Y, al menos, perplejidad ante el resultado final que nos propone Bryan Singer. Porque, en definitiva, Keyser Söze es transparencia absoluta. Tanto, que nadie es capaz de observarla.
 
Nuestra sociedad actual ha encumbrado la transparencia como uno de sus valores absolutos. Me pregunto que valor puede tener esa transparencia cuando el mayor truco consiste en mostrarlo todo para seguir ocultando lo que no interesa que sea visto. La sombra de Keyser Söze sigue siendo alargada.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Puedo prometer y prometo. Adolfo Suárez.

La figura política de Adolfo Suárez siempre me ha cautivado de manera especial. Quizás porque haya sido un político de raza; quizás porque hizo posible lo imposible con una sagacidad incuestionable; quizás por su vocación de servicio a la sociedad con inmensa generosidad personal; quizás por su ejemplar honradez personal.

O, tal vez, todo sea mucho más simple. Los años de la transición fueron, en esencia, tiempos de una ilusión desbordada por hacer bien las cosas. Al frente de esa ilusión, estaba Adolfo Suárez y, eso, no se olvida.

Adolfo Suárez, que acierto, que inmenso acierto. Y, por cierto, de Su Majestad el Rey. Eso, tampoco se olvida. La memoria no es histórica. La memoria debe ser agradecida. Si no se recuerda para agradecer, la venganza se hará dueña de no se sabe qué recuerdos.
 
Acabo de terminar de leer Puedo prometer y prometo, Mis años con Adolfo Suárez del gran periodista Fernando Ónega.
 
De Fernando Ónega es el famoso Puedo prometer y prometo, estribillo pegadizo con el que el presidente Suárez ganó –si, fue así- las primeras elecciones de la nueva democracia.
 
También, de Fernando Ónega, es otra cita, que ha pasado a los anales de nuestra reciente historia. La frase, la pronuncia Adolfo Suárez en su discurso, ante las cortes franquistas, para defender la ley que regulará el derecho a la asociación política: “Hay que elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”.
 
 
No pretendo esbozar, en esta Entrada, una reflexión sobre esta última obra de Fernando Ónega. Más bien, quisiera detenerme en las dos célebres frases  señaladas para, así, y teniendo en cuenta nuestra actual crisis institucional y política, realizar un humilde homenaje a Adolfo Suárez.
 
Los ciudadanos creyeron ese puedo prometer y prometo de Suárez. Entre otras razones porque Suárez luchaba, con pasión, para que lo que era normal en la calle fuera también, normal, en nuestras leyes y en la manera de hacer política.
 
La credibilidad no es una virtud personal. Es una virtud que te otorgan los demás. Es lo mejor que le puede pasar a un político; que el pueblo te otorgue esa credibilidad. Esto significa, más allá de diferencias ideológicas, que ese político ha sabido gestionar ese clamor popular para hacerlo realidad.
 
Ese fue el gran acierto, político y personal, de Adolfo Suárez. Y es lo que, hoy en día, se echa en falta. Nuestra crisis institucional no es debida a la crisis económica. Nuestra crisis institucional es una crisis de credibilidad. El clamor de la calle va en dirección opuesta a la gestión de nuestros políticos.
 
Necesitamos políticos como Adolfo Suárez. No necesitamos ideologías. Necesitamos gestores honrados de los problemas sociales.

sábado, 16 de noviembre de 2013

La justicia: derecho o comercio

John Locke (1632-1704) afirmó que la sociedad es fruto de un pacto entre los hombres; también sostuvo lo mismo Thomas Hobbes (1588-1679). Sin embargo, ambos pensadores sostuvieron propuestas políticas diametralmente opuestas.

La desconfianza en la naturaleza humana llevó a Hobbes a sostener postulados políticos totalitarios. Locke, por el contrario, fue un firme defensor del sistema democrático.

Locke nos hace imaginar al hombre en un estado presocial; el llamado estado de naturaleza. En esa situación descrita, el hombre vive en una completa libertad e igualdad. Dos derechos enmarcan la vida de esos supuestos individuos: el derecho a la propiedad privada y el derecho a castigar.

Forcemos el ejemplo para visualizar ese estado de naturaleza. Esos individuos viven en la selva. Por la costumbre de estar siempre en los mismos lugares, un grupo de ellos decide que la tierra que pisan, y en la que pasan sus días y sus vidas, es su tierra. Esto les lleva a considerar esa porción de tierra como propia. Si alguien ajeno al grupo entra en ella, defenderá su propiedad con el uso de la fuerza.

Para Locke, para todos, es evidente que ese estado, aunque pueda parecer idílico –libertad y propiedad- no lo es. Una vida, así concebida, degeneraría en un estado de guerra continuo y supondría, con el paso del tiempo, el exterminio de los más débiles.

La solución es el pacto. Un pacto para renunciar a ese derecho a castigar para ponerlo en manos de algunos;  de esta manera, se salvaguarda el derecho d todos a vivir una vida en paz y armonía. La división de poderes está así servida.


Hasta aquí perfecto. Visualizamos los componentes teóricos de cualquier sistema democrático: derecho a la propiedad, toma de acuerdos, separación de poderes, sistema judicial independiente, etc.

Sólo queda articularlo. Es decir, hacerlo posible. Es decir, que se pueda votar, que los poderes estén realmente separados, que se respeten los derechos y, en el caso que nos ocupa, que se pueda acceder a ese poder judicial independiente en igualdad de condiciones.

Si cedemos el derecho a castigar pero no poseemos medios económicos para que nos hagan justicia, porque esta deja de ser un derecho para convertirse en un comercio, los resortes democráticos de cualquier país se desmoronan.

Hobbes se equivocó. Somos capaces de ponernos de acuerdo para convivir. El problema surge cuando, tras hacerlo, nos quitan los instrumentos para hacer posible esa convivencia. El verdadero Leviatán, por desgracia, se hace presente cuando no se tiene dinero para ejercer un supuesto derecho.